La tercera opción
Ha llegado el desastre. Ayer de madrugada mamá se cayó y se ha roto la cadera; está en la Clínica rellena de química, aunque no la suficiente para quitarle la agitación y el sufrimiento. Desde las 3 de la madrugada de ayer sábado, está tumbada en una cama reventando de dolor. No sabe lo que pasa aunque me he quedado ronca contándoselo. Todo su afán es levantarse al baño porque no soporta la idea de hacer pis en la cama y la pobre se vuelve loca aguantando mientras me suplica que la lleve al baño. La primera noche casi enloquecemos las dos de dolor y frustración. No sabe nada de lo que pasa, sólo siente el dolor atroz y la urgencia de ir al baño que se le niega, que yo le niego, con una crueldad infinita.
Como son tan timoratos, en previsión de no se sabe qué calamidad, como si fuera posible un destino peor del que ahora se le ofrece, en la clínica le dan con mucho tiento los calmantes y los tranquilizantes. Esta noche he tenido que llamar tres veces para que le diesen algo, y me he acabado poniendo muy borde con la enfermera que considera que ya está bien de darle cositas. Al parecer, es mucho mejor que pase la noche padeciendo. Gracias a ello, mi madre, con sus 85 años y semejante panorama, ha tenido que padecer desde las 2 hasta las 4:40 en que por fin le ha hecho efecto la medicación que le han dado y ha conseguido dormir.
Tal como nos contó la médico a mi hermano y a mí el otro día, hay dos opciones, las dos espeluznantes.
Sólo una según la doctora, ya que descarta la de dejar las cosas como están: operación de cadera. Le pregunto si tiene sentido para alguien tan mayor, con Parkinson y la cabeza en los últimos tiempos muy perdida. Según ella, es indispensable operar ya que la otra opción, no hacer nada, la mantendría en la cama tumbada, sin poder siquiera sentarse, para el resto de sus días.
La operación no es complicada y tras un muy largo período de rehabilitación, podría sentarse e incluso, con suerte, andar. No quiero imaginar el largo y doloroso proceso que será necesario para obtener tan magros beneficios.
La tercera opción, la única compasiva, la que creo que todos quisiéramos para nosotros y para la gente a la que queremos, no existe. En mi post anterior, Vidas perdidas, me refería al testamento vital; me parecía que mejoraba lo que hay. Hoy me parece absolutamente insuficiente: en el caso de mi madre, en tantísimos casos, la no intervención no resulta mucho mejor que el encarnizamiento terapéutico por lo que creo que hay que ir más allá y pedir que pueda solicitarse una intervención activa para poner fin a un sufrimiento que puede dilatarse mucho en el tiempo para dar como resultado inevitable la muerte.
Alguien podrá argumentar que el resultado es siempre la muerte pero éste es un argumento absolutamente tramposo. Si entre el sufrimiento y la muerte aún cabe la vida con su esplendor y sus sinsabores, de acuerdo. Si entre el sufrimiento y la muerte no va a haber nada, sólo tiempo padecido o tiempo ignorado -ese sufrimiento que se anula anulando al tiempo al sujeto que lo padece-, es necesaria una intervención activa que deposite dulcemente a la persona al otro lado, soslayando todo ese sufrimiento innecesario.
Por tanto, no basta con el testamento vital, hay que luchar por la regulación de la eutanasia; sólo ella puede dar solución a tanto sufrimiento innecesario.
Seguro que tú que me lees tienes una opinión sobre ésto. Te agradecería que la compartieses.
Lo sabéis. ¡Hace una ilusión tremenda que comenten en tu blog! Cada comentario es una alegría y un empujón para seguir. Si lo deseas deja tu comentario. Si no... igualmente gracias por tu visita. Y si te ha gustado, por favor, compártelo. Besos
Como son tan timoratos, en previsión de no se sabe qué calamidad, como si fuera posible un destino peor del que ahora se le ofrece, en la clínica le dan con mucho tiento los calmantes y los tranquilizantes. Esta noche he tenido que llamar tres veces para que le diesen algo, y me he acabado poniendo muy borde con la enfermera que considera que ya está bien de darle cositas. Al parecer, es mucho mejor que pase la noche padeciendo. Gracias a ello, mi madre, con sus 85 años y semejante panorama, ha tenido que padecer desde las 2 hasta las 4:40 en que por fin le ha hecho efecto la medicación que le han dado y ha conseguido dormir.
Tal como nos contó la médico a mi hermano y a mí el otro día, hay dos opciones, las dos espeluznantes.
Sólo una según la doctora, ya que descarta la de dejar las cosas como están: operación de cadera. Le pregunto si tiene sentido para alguien tan mayor, con Parkinson y la cabeza en los últimos tiempos muy perdida. Según ella, es indispensable operar ya que la otra opción, no hacer nada, la mantendría en la cama tumbada, sin poder siquiera sentarse, para el resto de sus días.
La operación no es complicada y tras un muy largo período de rehabilitación, podría sentarse e incluso, con suerte, andar. No quiero imaginar el largo y doloroso proceso que será necesario para obtener tan magros beneficios.
La tercera opción, la única compasiva, la que creo que todos quisiéramos para nosotros y para la gente a la que queremos, no existe. En mi post anterior, Vidas perdidas, me refería al testamento vital; me parecía que mejoraba lo que hay. Hoy me parece absolutamente insuficiente: en el caso de mi madre, en tantísimos casos, la no intervención no resulta mucho mejor que el encarnizamiento terapéutico por lo que creo que hay que ir más allá y pedir que pueda solicitarse una intervención activa para poner fin a un sufrimiento que puede dilatarse mucho en el tiempo para dar como resultado inevitable la muerte.
Alguien podrá argumentar que el resultado es siempre la muerte pero éste es un argumento absolutamente tramposo. Si entre el sufrimiento y la muerte aún cabe la vida con su esplendor y sus sinsabores, de acuerdo. Si entre el sufrimiento y la muerte no va a haber nada, sólo tiempo padecido o tiempo ignorado -ese sufrimiento que se anula anulando al tiempo al sujeto que lo padece-, es necesaria una intervención activa que deposite dulcemente a la persona al otro lado, soslayando todo ese sufrimiento innecesario.
Por tanto, no basta con el testamento vital, hay que luchar por la regulación de la eutanasia; sólo ella puede dar solución a tanto sufrimiento innecesario.
Seguro que tú que me lees tienes una opinión sobre ésto. Te agradecería que la compartieses.
Un saludo, herman@s caminantes
Lo sabéis. ¡Hace una ilusión tremenda que comenten en tu blog! Cada comentario es una alegría y un empujón para seguir. Si lo deseas deja tu comentario. Si no... igualmente gracias por tu visita. Y si te ha gustado, por favor, compártelo. Besos
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