Vidas perdidas

¿Cuáles son esas vidas perdidas? La de mi madre, la mía, la de mi cuñada y su madre, la de tantos ancianos que han perdido la vida sin encontrar la muerte, la de sus cuidadores, que se quedan sin vida para sustentar otra que no es ya, que ya nunca será.

En el momento actual, mi madre ya no está aquí, aunque conserva algún fugaz destello de consciencia: en ocasiones me dice que me quiere, o lo bien que la estoy cuidando, o que quiere morir. Yo los primeros días le decía: no mamá, no quieres morir, quieres vivir mejor. Posiblemente eso sea cierto, la cuestión es que no va a vivir mejor, no va a haber un mañana mejor para ella.

Aunque no tiene grandes sufrimientos, tiene infinitas incomodidades y su nivel de disfrute es cero: no quiere nada, no espera nada, no desea nada salvo ese deseo de morir que afirma en ocasiones y su cuerpo desmiente aferrándose a la vida. 

En estas noches insomnes en las que ella al fin se duerme dejándome desvelada y pensativa, pienso en los Ladrones de cuerpos, una antigua peli. La situación de todos estos ancianos perdidos de sí mismos y sin ningún lugar adonde ir salvo la muerte puede recibir ese nombre. La muerte ya se ha llevado al ser humano que habitaba ese cuerpo pero el cuerpo persevera y mantiene la apariencia de ese ser que un día estuvo entre nosotros pero ya se ha ido.

Una sociedad menos aterrada por la muerte que la nuestra, habría quizá encontrado la manera de dar una solución compasiva a este estado de no vida, y es que ¿para qué quiere mi madre esta vida, como dice en sus escasos momentos de lucidez? Además, su no vida, abocada irremisiblemente a la muerte, exige la no vida de sus cuidadores; mantener esta situación exige 24 horas de atenciones y cuidados.

Estas atenciones y cuidados a un ser que ya no es, exigen la dedicación plena y constante de un ser que es, un ser en plenitud de facultades, facultades que inevitablemente van a mermar y deteriorarse cuanto mayor sea la duración de la situación de no vida.

¿Cómo lo hemos resuelto? De una forma muy inteligente: busquemos a los más desfavorecidos y dejemos que sean ellos los que se inmolen en nuestro lugar realizando por un escaso salario un trabajo esclavo. ¿No dedicamos todos nuestros desvelos a conseguir dinero? Paguemos a alguien que carece de él para que se haga cargo de la situación y ofrezca su vida en el altar de la muerte, o bien creemos aparcamientos para los no vivos y dejemos que profesionales del cuidado mantengan vivos esos cuerpos de gentes muertas.

Todos deberíamos saber ya que solucionar un problema no es lo mismo que pasárselo a otro para que se haga cargo, que el problema de nuestros ancianos perdidos no recibe una solución sino que se le aplica un parche, que pretendiendo ser compasivos lo que somos es inhumanos, inhumanos con ellos y con los cuidadores, cuidadoras en su inmensa mayoría, cuya vida se ofrece diariamente en el altar de la muerte, a menudo durante años y años.

No hay mucha diferencia entre ésto y lo que se hacía en los altares aztecas: ofrendar la vida de un ser humano a la muerte.

En esta sociedad del capital, no parece mal negocio; hay mucho dinero por medio, las farmacéuticas se hacen de platino convirtiendo a estos frágiles seres en bombas químicas ambulantes, el traspaso de cuidados a terceros es un sector multimillonario... a la economía le va genial ¿o no? ¿Qué ocurre con todas esas vidas perdidas, ya no las de los enfermos sino las de sus cuidadoras? ¿Es casualidad que muy pocas de ellas sean vidas de hombres, esas que pese al discurso feminista y a todos estos años de perseguida igualdad, siguen considerándose como las auténticas vidas valiosas? ¿Será por eso, por su consideración de vidas de segunda división, por lo que pueden seguir inmolándose sin que haya un debate social al respecto?

No sé si es la solución, pero sí que puede ser un primer paso en esta dirección, la redacción de un testamento vital en el que queden recogidas nuestras decisiones para el final de la vida. Vivir esta situación me acaba de plantar frente a un hecho incontestable: deseo ser yo la que elija mi vida en lugar de aceptar resignada la que me viene dada, y además, y en la medida de lo posible, deseo elegir también mi muerte. No quiero dejar que sea el azar quien decida si me depara o no unos añitos de Alzheimer.

Redactar el testamento vital es una buena manera de cuidarnos y de cuidar a aquellos a los que amamos: sólo si saben lo que deseamos, podrán darle cumplimiento.

Somos libres para elegir cómo queremos vivir y también cómo queremos morir. El testamento vital es el mejor instrumento que tenemos ahora para esto último. Bienvenido sea.

Este post está dedicado a todas las que os estáis dejando la piel y el alma en el intento. Que vuestro amor por aquellos a quienes cuidáis no os aboque a una especie de harakiri, que consigáis equilibrio y sabiduría suficiente para cuidarlos cuidándoos. Está dedicado muy especialmente a ti, María Játiva, que afrontas con valentía y coraje tu complicada situación.

Lo dedico también con todo mi amor a mi madre, a los restos de ella que aún perviven y a su esencia, donde quiera que esté, y a todos los que como ella afrontan el duro trance de abandonar la vida sin encontrar la muerte. 

Suerte, sabiduría, amor, humor, serenidad y coraje para capear el temporal y llegar a buen puerto.

Un saludo a tod@s, compañer@s caminantes. 



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